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Mágicas gotas de amor, la eternidad del beso, nuestro universo. TamVero
ABECEDARIO (Jorge Zabalza)

L a letra “A” es mi familia.

No recuerdo contactos físicos con mis padres, la caricia, el beso en la boca, la frase “hijo, te amo”, recuerdo sí otras formas de relación filial: dinero los fines de semana, premios por el estudio, la bicicleta, la moto, los privilegios propios de la posición social de mi padre.  El niño aprende a amar como aprende a caminar, en mi caso aprendí a vincular amor con dinero y posición de poder, a creer que las relaciones de amor están en dependencia de los intereses materiales. ¿Cuánto de eso se volvió instinto, reflejos irracionales en mi comportamiento? No absuelve mis responsabilidades individuales, pero encuadra mi vida afectiva en lo fijado a la edad más temprana.

Era público y notorio que mi padre hacía quebrado un hogar cuya apariencia era armónica, fingíamos no conocer la realidad, manteníamos las formas, nunca me atreví a hablarlo directamente. Mis emociones no podían salirse de lo “socialmente correctos”, expresarlas llorando o con ternura era cosa de mujeres , mucho autocontrol en los modales. Aún hoy, que estamos unidos por un montón de situaciones dramáticas, me cuesta mucho abandonar  la formalidad, por ejemplo, para echarme a llorar, en brazos mi madre o de mi hermana, al recordar los cuarenta años del asesinato de mi hermano; me limito a las miradas y palabras formales conque  disimulo la bronca y el dolor que me angustian.

Podría parecer que nuestra familia calzaba los puntos del clásico modelo burgués, ese que tan bien pintaron Balzac, Zola, Engels  o Beauvoir, pero eso no es cierto, nuestra historia no es la de hermanos que se arrancan los ojos por herencia u otros intereses económicos. En mis momentos de extraterrestre,  cuando no encontraba nada en qué asirme, mi familia supo estar ahí, referencia moral  y afectiva necesaria para sobrevivir; con las mismas dificultades de expresión que nos caracterizaba, agravadas aún más por las rejas y los milicos, resistieron con paciente coraje  porque se sabían mi único contacto humano durante los  años más largos 

La letra “B” es la socialización.

Nací y me crié en una sociedad muy estructurada, cimentada por el afán de lucro, la competencia encarnizada  y el individualismo feroz, la riqueza y el poder como medida de valor. Conocí bien de cerca la pobreza de mis compañeritos en la escuela pública, sentí  vergüenza por tener muchas cosas que ellos jamás tendrían. Me enseñaron a respetar la humilde condición y a ser generoso con quien lo necesita. Sin embargo, todavía no me rebelaba la naturaleza injusta del sistema,  la insensibilidad es condición necesaria para poder vivir sin remordimientos el ensueño del privilegiado, para adaptarse a un círculo que aplaudía las actitudes más egoístas e insolidarias, un medio cuya hipocresía moral no tenía parangón.  

Martes, jueves y sábado concurría al zaguán de los actos preparatorios para el matrimonio, por supuesto sin salirme de las apariencias formales santificadas por la ley y la religión, pero luego, en las madrugadas secretas, quebraba con las formalidades, para dar vía libre al alcohol, bailes, timbas y prostíbulos. Hipocresía patriarcal: vivir en dos mundos, cada uno con sus reglas de juego para las mujeres, según fueran las de casarse o de las otras, las que se usan para el matrimonio y tener hijos –que, obviamente, pertenecían a mi clase social- o las vulgares y silvestres, de clase inferior, con las cuales estaba permitida la cacería y el abuso.  Objetos clasificados por su utilidad y clasificadores que arrogan el poder de clasificar. ¿Qué clase de amor podría nacer entre clasificadas y clasificadores?  El que se tiene por un  objeto según su valor de compra, más escasos para unos, más fáciles de obtener para otros, según sea más rico o poderoso sea el comprador.

Los programas pueblerinos de socialización integraron el molde burgués de poder en mi disco duro, determinaron los rasgos principales de mi personalidad, en una palabra, me gradué de primogénito heredero, de partido codiciado para el matrimonio y de coleccionista que cosechaba medallas. Claro que, como contrapartida, quedé condenado a vivir el amor como un hueco discurso que quedaba bien decir con la convicción de un cantor profesional de boleros. El amor no era sustancia sino apenas un atributo más mi rol en el sistema de poder, no sentimiento que conmueve y transforma al amante, sino obligada rutina social.

La letra “C” es la generación del Ché Guevara.

 Las revoluciones  de los años ’60 (Cuba, Argelia, Vietnam) y el movimiento guerrillero en América Latina, nos convocaron a cientos de miles de estudiantes universitarios que nos lanzamos a grandes empresas. El llamado del Ché Guevara me encontró predispuesto a la guerrilla, un joven que hubiera deseado vivir la epopeya artiguista o las montoneras de los Saravias (Timoteo, Gumersindo, Aparicio y Chiquito), me enamoré por consiguiente de la gesta de los barbudos de Sierra Maestra y una madrugada me zambullí románticamente tras los pasos del Ché Guevara en Bolivia. Cambié el rumbo de mi vida sin pensarlo dos veces, una opción espontánea, teñida de irracionalidad, dar la vida por una idea, una filosofía, la revolución fue el amor de mi vida.

La categoría “compañera” no entraba en la clasificación burguesa de los objetos, era un molde nuevo que reconocía a la integración de las mujeres a la lucha revolucionaria, la práctica guerrillera igualaba de por sí, sin necesidad de definiciones más elaboradas, hecho que determinó formas muy respetuosas de relacionarse entre los géneros. No obstante ello, los tupas nunca nos planteamos la igualdad de géneros como parte del programa revolucionario, nuestra crítica a la sociedad de clases dejó afuera la reflexión sobre la injusticia y la opresión que sufrían las mujeres, a pesar que nos lo permitía el marco conceptual  de los textos clásicos del marxismo, en particular algunos de Federico Engels. En el movimiento tupamaro no hubo consciencia de esa discriminación social y política, el respeto provenía de la capacidad demostrada por las compañeras para desempeñarse “casi como un hombre” (al decir de un viejo tupamaro) en las tareas guerrilleras.

Al calor de la lucha guerrillera me fui desprendiendo de algunos  valores e incorporando otros, como la solidaridad, el altruísmo, el desinterés por los bienes materiales, poner el cuero en defensa de las convicciones, los hábitos de trabajo manual, establecí relaciones fraternales y solidarias sobre bases muy diferentes a las amistades hasta ese momento establecidas. Esta resocialización en el movimiento terminó transformándome en otro individuo, me suicidé de clase social y renací en otra, sin embargo, paradoja de paradojas, el proceso dejó vivo el patriarcalismo, cerno de mi personalidad, apenas logré sustituir el discurso pueblerino con el otro, sumamente conocido, de “endurecerse sin perder la ternura” que, en mi tradución personal significó “para ser un buen revolucionario se debe sentir  amor por la compañera y los hijos”. Nuevo discurso no quería decir bajarse del pedestal, apenas disimulaba por disciplina las aristas más crueles del machismo.

La letra ”D” es el asesinato de Ricardo.

Dolor sin medida, inagotable, implacable, que mató el romanticismo guerrillero. Dolor por no haber ocupado el lugar de Ricardo, por no haber sido el asesinado, sobrevivirlo me parecía injusto. Noches y noches de vela a solas conmigo, de esconder el dolor bien adentro, como si quisiera guardarlo para mí solo, el amor con mi hermano no quería compartirlo con nadie. Vergüenza de tener en brazos a mi hija o de abrazar a mi madre cuando Ricardo ya no podía hacerlo...

El deber ser:  resistir con dureza,  mostrarse firme, no desmoralizarse ni desmoralizar a nadie, no dejarse caer al suelo como deseaba de alma. Apenas una reacción contra un guardia para exorcizar la bronca. Exasperación, patria o muerte en carne viva, deseaba hacerme matar, lo busqué ....pero no me mataron, peor aún, las veces que estuve a punto, el instinto de conservación fue más fuerte que la bronca, sobreviví.

Ricardo fue la fuerza material que me alentó durante la travesía de  los interrogatorios, el aislamiento en cuarteles y los momentos donde perdí  la noción de ser un ser humano. Creo, sin hacer mucho teatro, que el asesinato me introdujo en un mundo subjetivo donde hacer la revolución tenía mucho de venganza, de la necesidad espiritual de honrar la memoria de mi hermano asesinado.

A partir del asesinato, todas mis reservas anímicas quedaron focalizadas en la revolución, toda la inteligencia al servicio de las actividades guerrilleras, transformado voluntaria y conscientemente en máquina de hacer la revolución, desde entonces, durante la década y media de cárcel, solamente proyecté mi vida como lucha por la revolución, no la pensé en ningún momento como vida en pareja que hace la revolución, no dejé lugar al amor, cuanto más precisó mi hija a su padre, más ausente estuve, los afectos quedaron en segundo o tercer plano relegados por mis aspiraciones personales que, como para toda esa generación del Ché Guevara, se resumían en morir combatiendo.

La letra “E” es la cárcel.

El Penal de Punta Carretas fue una especie de asamblea permanente, los presos políticos debatimos  todos los temas, en desórden las más de las veces, sistemáticamente en otras, una universidad cultural y política para mí.  Podría haber completado el suicidio de clase erradicando los prejuicios y valores patriarcales, sin embargo, me ocurrió todo lo contrario: las bromas sexistas, las opiniones sobre las parejas eran exactamente del mismo estilo del boliche de Bucéfalo en la ciudad de Minas.  El machismo atravesó indemne la crítica a la sociedad capitalista y su sistema de poder, como si el poder de clase y el patriarcalismo no tuvieran nada que ver el uno con el otro.

Una contradicción inexplicable, pues al tiempo que intentaba fervorosamente transformarme en “hombre nuevo” reproducía los peores valores del “hombre viejo”. La mayoría de los presos políticos seguimos siendo bestiezuelas que nos estimulábamos mutuamente a la bestialidad, claro que, mientras en la ciudad donde nací, la bestialidad era coherente con el  paquete ideológico de clase, en la cárcel, el machismo de la flor y nata de los tupamaros estaba radicalmente contrapuesto con compromiso con el cambio revolucionario.  

El estado de rehén fue una pausa en la vida, brazos cortados, piernas cortadas, neuronas anestesiadas por la falta de estímulos, en los cuarteles demostrar sentimientos abre flancos, te hace vulnerable al enemigo, no llorar ni escondido en el fondo del calabozo, tragarse los miedos es cuestión de vida o muerte pero, además, en las visitas debía defenderme en la relación con los míos – defenderlos a ellos también- y, por consiguiente, petrificarme, distante y autocontrolado, ¡qué lejano e inaccesible me habrá sentido mi hija!.  

La letra “F” es la salida de la cárcel.

Ya no somos más los románticos guerrilleros de la revolución, medramos haciendo política en las instituciones del  poder o en sus intersticios, algunos más, otros menos, pero todos integrados al sistema que quisimos revolucionar. Autodefinirse revolucionario en los ’60, implicaba poner el cuero en la estaca , pero en 1985 esa definición ya no requería el mismo grado de compromiso,  en la “democracia primaveral” basta con repetir  algunas definiciones teóricas para sentirse revolucionario. Desde mi  óptica personal, los  comportamientos delos sobrevivientes se pueden explicar a partir de esa clave subjetiva,la desaparición de esa voluntad de dar la vida por la revolución permite que predominen las tendencias más retrógradas del individuo, hasta entonces ocultas por la místicarevolucionaria.

La adaptación a las condiciones pos-amnistía indujo en muchos la necesidad  de destruir aquel espíritu insurrecto de antaño, cada cual encontró una estrategia propia para soportar el dolor de ya no ser, unos se refugiaron en el alcoholismo, otros se aislaron entre cuatro paredes, muchos eligieron olvidar la epopeya y los caídos, la iconoclasia, la renuncia pública a aquellos principios que nos habían caracterizado, el cinismo pragmático, el asunto era buscar la forma de destrozar y desprestigiar aquello tan grande que habíamos tenido dentro.  

Por otra parte, después de once años en  situación de aislamiento, sometidos a las formas más brutales del poder, la amnistía fue algo así como un salto acrobático para los rehenes, desde un estado de completa indefensión saltamos a un espacio de poder, minúsculo espacio, precario espacio, pero de poder al fin y al cabo. Sin darme tiempo para recomponer la vida social normal y con ella, un pensar y un sentir normal, me interné en ese territorio desconocido. Los rehenes sufrimos presiones  y compulsión, el entorno nos quería moldear según sus necesidades sin tener en cuenta las nuestras, nu es de extrañar que mi vida haya sido más una respuesta  a esa demanda, que a una planificación propia, consciente y autónoma. Como impulsado por un deber sagrado, zambullí frenéticamente en la reorganización del MLN(T),  convencido que el destino de  la revolución social dependía de la capacidad para imponer mis ideas. Sin detenerse a reflexionar,  el patriarca también salió a ocupar su espacio de poder, a disfrutar del derecho de pernada otorgado por el dudoso mérito de haber estado preso y un cierto prestigio en la interna del movimiento tupamaro.

La letra “G” es el “hombre de aparato”.

 Aún antes  de trasponer los portones del Penal, ya estábamos inmersos en pujas internas de poder, unos pocos en el palacio, disputando las posiciones,  el resto en las tribunas, aprobando o reprobando lo que ya venía cocinado y digerido. La lucha palaciega se rige por una lógica de “aparato” que se vuelve una manera de ser y de pensar, uno hace lo que se debe hacer en función del partido, se obedece y se manda como soldado, aún cuando ello se contraponga a los dictados de la consciencia y los sentimientos más humanos.  En realidad me entregué totalmente a esa militancia de aparato partidario, vivía, pensaba y sentía como “hombre del aparato”, supedité mi vida a la estructura del MLN(T).

 “Soldado” en los ´70 y hombre de partido desde el ’85, coherentes con esa lógica maquiavélica fueron mis comportamientos afectivos desde la salida de la cárcel, siempre escondíendo secretos, haciendo misterios, manteniendo en las manos  resortes que me permitieran  una clara posición de poder en la relación, fingiendo  sentimientos con retórica frívola para encubrir las mentiras y conspiraciones. En estas condiciones, las relaciones eran litigio y callejón sin salida hasta que detonaba la crisis y pasaba rápidamente a otro capítulo sin que se me moviera un pelo.

El corte de la relación política con el MLN(T) equivalió a quitarme unas anteojeras, pude ampliar mi visión de las cosas, acceder a nuevas lecturas de la realidad política, logré mirar con ojos críticos la historia pasada y la historia en marcha, puse distancia con la lógica de poder y el internismo. El MLN (T) fue mi relación afectiva más importante durante casi tres décadas, la ruptura fue depresión, fracaso, vacío, arrepentimiento, pero, el  quiebre de esos fortísimos lazos me dejó afuera de las transas y concesiones ideológicas en que cayeron quienes habían sido mis hermanos...hoy  me siento muy orgulloso de seguir sosteniendo el compromiso moral con el legado de los caídos en la lucha revolucionaria.

La letra “H” es cinco minutos de fama.

Al volverme “tupamaro independiente” se generó un espacio que giraba más entorno al prestigio  personal (la historia individual, actitudes generales y posiciones concretas) que alrededor de la construcción de nuevos colectivos. Antes de darme cuenta estaba metido hasta las rodillas en el caos de la vida pública y mediática, a pesar de saberlos efímeros acepté esos cinco minutos de fama con sus fetiches y fantasía. Los aplausos que cosecha la vedette mediática cosecha son más “producidos” que debidos a su propios méritos, pero nadie está obligado a aceptar lo que no quiere. Lo grave fue consentir en  desempeñar  un rol social antagónicamente opuesto a todos mis principios filosóficos, caer en la peor especie de alienación en la conducta humana.

Podía haber mantenido una práctica machista de bajo perfil,  “a la uruguaya”, disimulada bajo una apariencia formalmente correcta pero, a partir de la presencia en los medios masivos, rodeado por esa fama que es puro cuento, me interné en un proceso de exacerbación de la ficción, me degradé hasta convertirme en un mujeriego cualquiera,  primera vez que asumo haberlo sido.

Cuando un problema de salud me hizo ver que hacía rato era un sexagenario, al vedettismo se agregó la urgencia de sentirme entrar en la recta final, quería acelerar y acelerar. Prestigio y poder personal, vedettismo, la vejez...alcancé el  punto más alto en la manipulación y el menosprecio por los sentimientos ajenos, megalomanía y delirio, las historias más vergonzosas, causé heridas de todo tamaño a quienes se me acercaron, pero el daño mayor se lo causé a la mujer que amo, dolor que duele cada día. Escape o huída para no sentir los sentimientos más gratos y profundos, evitar entregarme a  un compromiso de amor que deseaba, quería y necesitaba,  sabotaje a la realización de mis intereses más trascendentales,  en lugar de andar borracho pasando vergüenza por ahí, fui destruyendo lo mejor que había en mí, el ser capaz de amar y vivir en el amor, los mismos valores que me hicieron dar todo por la revolución.

Induje  la reproducción del patriarcalismo en mi hijo, los valores y la filosofía que fui inducido a reproducir desde mi infancia, después de cuarenta y cinco años de luchar transmití a mi hijo los mismos valores y paradigmas reaccionarios que me transmitieron de niño, no hubo ninguna revolución en mí:  avance cero.  

Letra “I” es el big bang!.

Todo indicaba que mi vida seguiría su rumbo, sin darme cuenta del desastre en que vivía, lo indicaba así mi formación, la historia de mi sensibilidad (o insensibilidad) cultural, de los preconceptos y prejuicios característicos del patriarca, los indicaba el entorno que consentía al mujeriego y hasta los festejabaa, pero hubo una mujer, Veronika, cuya intuición descubrió en mi interior un ser que yo desconocía, alguien capaz de vivir según otros valores y otra sensibilidad. Se comunicó con ése, el  de las profundidades e ignoró al de la superficie, dialogó con el ser humano y descartó al monstruito. A ese llamado del amor no podía responder el patriarca, incapaz de amar a nadie, la respuesta sólo podía venir del recién descubierto, que pugnó por crecer y salir a la luz del día, quería darse a conocer, sensibilizado por el amor el recién nacido escribió poesía. Jorge se enamoró  plenamente de Veronika. Big bang!

El soldado-hombre de partido  nunca podría haberse entregado al amor, a ese sentimiento insurrecto, que no se deja controlar y se desarrolla por sí solo, independiente, autónomo de cualquier otro interés, piedra fundamental y caldo de cultivo. Soy otro, me siento otro, de una sola pieza, revolucionario en lo ideológico y en la práctica política, pero también revolucionario a partir del amor, coherente con el que siempre quise ser, se desvaneció la equizofrenia, me estoy suicidando del patriarcalismo.

¿Podía haber evitado ser un mujeriego? Fueron las mismas condiciones que me predisponían a ser dueño de estancia, sátrapa del pueblo, senador de la derecha, sin embargo, me negué a serlo, mientras acepté hundirme en la  vergüenza del patriarcalismo ....faltó la explosión gigantesca, el desborde, el torbellino de amor que recentrara mi vida, encontrarnos con Veronika,  hecho fortuito pero también destino manifiesto.

Cómo lamento no haber dado vuelta esa esquina antes, que esa mujer me descubriera envuelto en mis trapos oscuros y sucios, ¡el amor con Veronika a la salida de los calabozos!... ¡qué distinta habría sido mi vida!, ¡cuán  mejor habría sido yo! ¡cuánto más y mejor podría haber dado a la lucha!   

Letra “J” es el abecedario.

¿Qué sentido tiene escribir este abecedario?, ¿autoflagelación? No. En primer lugar, quiero romper deliberadamente el casillero del poder que me asignaron y en el que funcioné, para bien o para mal, durante más de sesenta años. Llevo varios meses redactando estas páginas, no es nada sencillo volver consciente tendencias que se han hecho innatas  de tan integradas a mi modo de ser, hay que bucear muy hondo, escribir, corregir y reescribir .

Estoy porfiado en publicar lo que descubro, me siento conquistando la libertad libre para gozar libremente del amor entre dos seres iguales.  Estoy en un punto en que necesito conocer todos los costados de mi historia, por solamente me quedan unos treinta y cinco años de futuro y lucha. Necesito fuertemente transmitirles valores y sensiblidades  a mis hijos, de mi propia mano y con mis propias palabras, no quiero que me crean aquél que fuí, sabrán que quisiera haber sido un ser más humano, más solidario, más sensible, además, por sobretodas las cosas, para crecer y vivir en el amor, necesito que Veronika conozca mi verdad, al derecho y al revés, que decida amarme al saber de mi amor ... me va la vida en ello.

 La historia de mi vida no es solamente esa cadena de anécdotas inconexas que se pueden relatar en orden cronológico. Está ordenada también según coordenadas a las que sólo se puede llegar por el autoanálisis, por el conocerse a sí mismo de los antiguos, una exploración implacable que sólo se realiza si persiste la voluntad de hacerlo. Una vida no sólos es transcurso, es la comunión de todos los  costados al mismo tiempo, los claros y los oscuros,  el niño  formal y  el joven disipado,  el romántico aventurero de la generación del Ché y el que odia a los asesinos de sus hermanos y hermanas,  el soldado y el hombre de partido, pero también el incapaz de amar y mujeriego... y, finalmente, en individuo enamorado, que descubre su verdad y decide transformarse.  En último término uno es lo que determinan las tendencias de fondo, las que determinan y producen  esos episodios contigentes y casuales que entretienen y crean una falsa idea del ser verdadero de uno. Soy  el revolucionario descubierto por el amor y el que se enamoró con locura de su princesa.