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Una madre y tres niños habitan el desconcierto viven el día y presienten el miedo que acecha, que sorprende y atrapa, que mutila y no ceja.
Víctimas del capricho humano esperan
¿qué límite romperán esta ves las bestias?,
¿que muro sin puertas?
Rodean la manzana de autos y uniformes
sus armas centellean, sus botas pisan firmes
poderosas, ante cuatro pares de ojos que observan,
que callados interrogan, que mudos espetan. Los soldados irrumpen en la casa, la dan vuelta,
son varios, nada dejan; libros de sospechoso contenido
discos de música vieja, rompen también los colchones las plantas y las macetas, tiran todo por el piso,
nada respetan, ni la edad de los niños
ni sus rostros de azorada tristeza.
Se sienten grandes y fuertes, lo demuestran,
ríen con altas voces, juegan con armas negras,
huelen a sudor y humo, a abuso de poder apestan. Todo tocan, rompen y desordenan,
estos seres sin conciencia
de nuestra casa se adueñan
tantas veces en trece años que la herida no cierra,
los ojos lloran sin lágrimas, los labios tiemblan.
Cuando de allí se retiran, no hay palabras nos miramos a los ojos y poco a poco construimos en silencio nuestra vida, para seguir en la espera.
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