Cayuco
Cayuco: “embarcación pequeña usada en Venezuela y El Salvador” (Pequeño Larousse Ilustrado). Seguramente en Wikipedia pone algo más que en mi viejo compañero. Pero en todo caso cayuco ya está en la boca de todos y es actualmente en España, y probablemente en gran parte del mundo, tan conocida como la palabra carabela, o más. La imagen que evoca el nombre de estas embarcaciones no se asocia a la historia, de lo que ya se sabe, de lo que ya pasó, como es el caso de las carabelas. El cayuco viene cargado precisamente de lo que aún no sabemos, de signos de interrogación acerca de lo que vendrá, de la historia del futuro. Los cayucos traen hombres jóvenes que han echado a navegar y nadie, ni ellos mismos, sabe exactamente hasta donde llegarán y por supuesto nadie tiene idea de hasta cuándo. Es probablemente el comienzo de una de esas marchas de pueblos que han marcado los tiempos. Por ahora hay registro de los que han llegado. Unos cuantos miles. No se sabe cuantos naufragan y se ahogan. Pero en África hay tanta gente que los que se traga el Atlántico son, no para sus familias, pero si para las estadísticas, sólo una ofrenda del movimiento de los pueblos.
Un cayuco es una embarcación alargada, marinera, elegante. Está hecha de buenas maderas de esos magníficos árboles que África sabe dejar crecer. Un cayuco está adornado con pinturas multicolores, vitales, sin complejos, de esas que los africanos saben pintar. No es un botecito y ni siquiera una embarcación pequeña. Es elegante así como elegantes son los muchachos que por decenas y hasta centenas se apiñan en sus bancos de madera de cedro.
Hace unos días, temprano por la mañana, caminaba por una montaña que cae al mar aquí cerca del cabo más sur de Tenerife cuando vi aparecer un cayuco. La Guardia Civil con sus lanchas patrulleras aún no había llegado y tardó lo suficiente en llegar como para que desde mi solitaria cumbre pudiese regodearme unos segundos en esas figuras en estado libre y pleno. Me metí en el cuerpo del joven capitán, que erguido en la popa, timoneaba la vida de su centenar de compañeros. En ese segundo, firme la mano, firme el rumbo, me llené de un orgullo enorme que ese capitán sentiría: 1500, talvez 2000 km desde Senegal cruzando ese Océano de incertidumbre y entrando a puerto por propio motor, por propia mano, por propia decisión. Eso es, si es que las hay, cosa de hombres *.
Mi segundo de identificación voló cuando la policía tomó el mando de la maniobra; una media hora después desembarcarían en el Puerto de Los Cristianos, mi pueblo de adopción.
Este proceso de desembarco es ya totalmente de rutina. Un espacio importante del muelle está desde hace meses habilitado, permanentemente, para recibir a los hasta ahora miles de hombres que han llegado a esta isla. No han construido aún una barraca y por ahora se las arreglan muy bien con una carpa enorme, inflable, que montan y desmontan seguramente para no darle un aspecto de permanente a algo que ya todos saben que no es precario (hoy llegó un cayuco, el de la tarde, como bromea la gente que todavía conserva el humor, y vi que habían montado una segunda carpa: es un reconocimiento a la expansión).
Hace muchos años en un reportaje de esos en que los políticos intentan quitarse el corsé de su investidura, Felipe González decía, refiriéndose a los árabes que en pateras intentaban cruzar el Estrecho de Gibraltar, que si el estuviera en la orilla de enfrente también lo intentaría vez por vez hasta lograrlo o ahogarse.
Por los años de la muerte de Franco un campesino andaluz no se diferenciaba demasiado por su forma de vida y sus bienes terrenales de sus primos árabes del Magreb. África completaba su descolonización directa y se empezaba a hundir en el desastre de un aparato productivo que no podía alimentar a los millones de niños que paría. Los que somos más viejos tenemos grabadas las imágenes de Biafra. Después nos saturamos de tantas fotos. Guerras, sequías, hambrunas. Los intentos más o menos serios de enseñarles a pescar en lugar de darles pescado se dan de narices con otras realidades que responden a otros intereses. Las leyes de excedentes agrícolas, llaménse 480 o como se llamen, suelen matar el hambre de hoy pero también al campesino. Recordar a quien dice que es más difícil formar un campesino que un doctor. Es un proceso inexorable donde la próxima estación después de la parcela de trigo o maíz es la de las grandes concentraciones de la miseria de las cada vez más gigantescas y desesperanzadas ciudades.
Mi amigo Larousse es viejo. Hace unos 20 años ponía que Senegal, con una superficie apenas mayor que la de Uruguay, tenía 4,5 millones de habitantes y Dakar, su capital, algo más de medio millón. Wikipedia, que sabe casi todo y se actualiza permanentemente (se recomienda) dice que Dakar tiene
2 145 193 habitantes (antes o después del cayuco de la tarde?). La verdad es que ni La respetabilísima Wikipedia podrá jamás tener la cifra exacta. El dato relevante es que que la comida no alcanza. Y la cantidad de televisores!!! Si, decenas, centenas de canales por cable o satélite se pueden captar en principio con una parabólica hecha de una cacerola desde esa costa oeste. Y ahí todos pueden ver el jardín del vecino blanco. Y la casa, los coches y todos los espejitos y cuentas de colores que vendemos (y por cierto compramos) a raudales. La ecuación es sencilla: con 18 o 20 años, sano fuerte, en una sociedad desesperanzada pero con la vida corriéndole a torrentes por el cuerpo ¿usted señor-señora, usted se quedaría a seguir viéndola por la tele?
A 20 minutos de cayuco de Dakar está la isla Gorée. Es célebre (tristemente) porque era uno de los principales puestos de concentración de africanos que llenaron barcos y barcos de esclavos con destino a América. Uno se puede imaginar la terrible pesadumbre, el dolor, la pena, la tristeza, el miedo, la humillación que se respiraría en Gorée en ese entonces. Ahora en ese mismo lugar se concentran los cayucos. Pero obviamente los sentimientos de estos africanos son otros. Sus familias juntan todo lo que tienen y lo transforman en dinero para comprar el viaje, que es por cierto muy caro (de eso hay experiencia en Uruguay). Tener un hijo, un hermano, un marido en Europa puede significar 300 euros por mes de remesas que les cambiará la vida a todos. Esos muchachos salen impulsados por los suyos, son héroes familiares que afrontarán los designios del mar para sacar a todos de la miseria. Cuando arriban a estas tierras, muchas veces en sorprendente buen estado físico después de muchos días de inclemencias, se les ve tranquilos, serios, mansos. Se desplazan bamboleándose por el mar que se les ha metido en el cuerpo y por esa armónica naturalidad que los caracteriza. Todos quienes los vemos coincidimos en que son muy jóvenes y de aspecto saludable, fuertes. No llegan como víctimas de una catástrofe sino como la elite de la avanzadilla de un desplazamiento que recién comienza.
Dicen que cien mil cayucos están listos a zarpar desde Guinea Bissau a Mauritania. La demanda ha creado la organización de verdaderas empresas que se dedican a fletar cayucos. Europa usa expresiones como “mafia, “traficantes de hombres”, etc. Al Puerto de Los Cristianos arriban unos 500-600 por semana. No son tantos si comparamos con los miles que llegan desde el este de Europa en trenes, autobuses y aviones. Seguramente llegan más latinoamericanos a Barajas. Pero esto de los cayucos es tan espectacular, tan televisivo que se ha hecho la cara conocida del movimiento migratorio, que es mundial: la imagen del cayuco repleto entrando al puerto de Los Cristianos. La mayoría de la gente entiende que esto no es una ola que se pasa cuanto amaine el viento. Aún el menos informado intuye que esto es movimiento de pueblos, esto es migración pura y dura. Y sospechan consecuencias. Hablan hasta de invasión. Hace unos días trascendió que en un consejo de ministros de Zapatero se planteó el uso de los barcos de guerra (en honor a la verdad digamos también que se sabe que el Ministro de Defensa se negó rotundamente a eso. La idea ya se le había ocurrido, como no, a un ministro de Berlusconi) Sintetizando: la mesa está puesta para que engorde la xenofobia, el racismo y todos los monstruos que recorren nuestras sociedades tan pronto encuentran oportunidad para escapar rompiendo la pátina de civilización que recubre nuestros cuerpos. Lo que se viene no es nada fácil. Piense usted señor, señora, reflexione, sinceramente ¿como reaccionaría usted si cada día, de mañana, de tarde y aún de noche, cuando pasa por la Rambla, hacia el trabajo o haciendo footing digamos que a la altura Malvín o de Pocitos, ve, que navegando hacia el Puertito del Buceo, el Río de la Plata se extraña de cayucos cargados con seres de otro continente? ¿No le daría un poquito de miedo?
El gobierno español ha manejado este delicadísimo tema con mucho equilibrio, se ha mostrado preocupado pero sin crear alarmas y sobre todo ha sido muy firme en el respeto a quienes llegan. La Cruz Roja, que los recibe a pie de puerto hace un trabajo enorme, profesional y hasta diría cariñoso.
Los gestos de solidaridad y humanismo de la población de las islas son reconfortantes. Pero el horizonte de miedos, el uso de palabras como “invasión”, “vete a tu tierra negro gandul”, etc. también se dejan oír. Para la oposición política se presenta un botín tentador que se puede alcanzar con sólo levantar la voz irresponsablemente. Por ahora no lo han usado demasiado. Los que si crecen son los grupos falangistas y neonazis que tienen ahora más de 10 mil militantes activos en España.
Aún disponiendo de acciones muy rápidas para la distribución de recursos desde el mundo rico a África (por ahora más improbable que una conjunción astral) no habría efectos inmediatos. Los gobiernos no se ponen de acuerdo en cuánto abrir el bolsillo y si por algún milagro político dispusieran de alguna suma importante, digamos el 1% del PNB, ¿cómo harían para que llegara al necesitado? Distribuir dinero es muy caro, sino pregúnteselo a cualquier organismo internacional. Funciona como un acueducto de riego que chupa mucho más agua en sus paredes que la que llega a las plantas. Y lo que llegara, se imaginan ustedes donde terminaría si los encargados locales de distribución son algo así como los nietos de Mobutu? El panorama es verdaderamente negro. África está de parto y ni Europa ni nadie quiere o puede hacerse cargo de la criatura.
Asdrúbal López
Zuasnábar
15 de octubre de 2006
Pueblo de Los Cristianos en Tenerife
*Ahora que todo el mundo habla de ciudadanas y ciudadanos, enfermeros y enfermeras, etc, ahora que se usa la @, no se me escapa que pueda ser políticamente incorrecto hablar de “hombres”. Pero la realidad es que más del 99% de los que llegan son hombres. Las consecuencias que esta asimetría tendrá en el futuro son inimaginables.