Se puede intentar banalizar los sentimientos y vivencias agenas, se pueden ignorar, pero no por eso van a adejar de ser ciertas ni de existir.
Una persona que ha vivido un infierno de cárceles y torturas, puede si así lo siente, querer olvidar todo, perdonar a sus agresores y torturadores y quizás necesite cerar los ojos al pasado para poder mirar hacia adelante, cada persona es un mundo en su complejo engranaje y razonamiento.
Como cualquiera de esas personas, tengo derecho a expresar lo que siento al respecto de lo que me toco vivir. El período de terrorismo de estado golpeo duro, y no solo a quienes decicieron protagonizar los hechos por medio del accionar, también a quienes nos toco nacer o ser niños en esa época y que poco o nada teníamos que ver con la lucha armada y la represión estatal.
El ser niños no fue suficiente razón como para que se nos eximiera de sufrir las consecuencias represivas directa o indirectamente, nos toco crecer en dictadura y padecerla.
A nivel personal todos y cada uno de nosotros tiene derecho de pensar como quiera, de olvidar o de recordar el pasado, de estrecharse las manos con los represores o incluso de abrazarse con ellos si así lo quiere, pero la cosa cambia cuando los criterios personales quieren ser impuestos a los demás.
Hasta un niño tiene capacidad de dicernir que no está permitido torturar, que no hay razón que lo justifique, que no se pueden violar los derechos humanos, asesinar y desaparecer gente, secuestrar niños, encarcelarlos y verduguearlos como se hizo en ese período, no hay mucho que pensar al respecto, simplemente no se puede permitir, quien lo hizo tiene que ser debidamente castigado. Ni que hablar de que a un torturadoro a un represor no se le puede entregar un arma y poder sobre otras personas. Es como darle a un pedófilo trabajo en un jardín de infantes.
La espera
Una madre y tres niños habitan el desconcierto
viven el día y presienten el miedo que acecha
que sorprende y atrapa, que mutila y no ceja.
Víctimas del capricho humano esperan
¿qué límite romperán esta vez las bestias?
¿que muro sin puertas?
Rodean la manzana de autos y uniformes
sus armas destellan, sus botas pisan firmes, ponderosas
ante cuatro pares de ojos que observan
que callados interrogan, que mudos esperan.
Los soldados irrumpen en la casa, la dan vuelta
son varios, nada dejan; libros de sospechoso contenido
discos de música vieja, rompen también los colchones
las plantas y las macetas, tiran todo por el piso
no respetan, ni la edad de los niños, ni sus rostros de tristeza.
Se sienten grandes y fuertes, lo demuestran
ríen con altas voces, juegan con armas negras
huelen a sudor y humo, a abuso de poder apestan.
Todo tocan, rompen y desordenan
estos seres sin conciencia de nuestra casa se adueñan
tantas veces en trece años que la herida no cierra
los ojos lloran sin lágrimas, los labios tiemblan.
Cuando de allí se retiran, no hay palabras
nos miramos a los ojos y poco a poco
construimos en silencio nuestra vida
para seguir en la espera.